Surcando el aire con sus alas, el pequeño dios del amor fue a posarse en la cima del Parnaso y allí preparó dos flechas, una de la que surgía el amor, hecha de oro y de afilada punta, y otra que lo ponía en fuga, despuntada y con plomo en el asta. Con la primera atravesó al orgulloso Apolo, y la segunda se clavó en el corazón de la hermosa ninfa. A partir de ese momento Dafne, tomando como ejemplo a la casta Diana, rechazaría a cuantos la pretendiesen. Apolo abrasado por el fuego del amor la perseguirá, pero ella escapará más veloz que la brisa mientras el viento la desnudaba en su huida y aumentaba su belleza.
Pero la pasión pone también alas en los pies del hermoso dios que está a punto de alcanzarla, cuando ella, desesperada, invocará a su padre pidiéndole una transformación que la libere de aquella figura por la que había sido tan deseada. Al instante, el dios del río la convirtió en árbol, pero Febo seguiría amándola, sintiendo el latido de su corazón al apoyar su mano en el tronco, abrazando las ramas como si fueran miembros vivos y besando la madera a pesar de que ésta rehuía sus besos. Al final, resignado exclamaría: “Entonces, ya que no puedes ser mi esposa serás mi árbol. Siempre te llevarán, oh laurel, mi cabello, mi cítara y mi carcaj… y al igual que mi cabeza conserva juvenil su larga cabellera, también tú llevarás siempre el perenne adorno de tus hojas”.
Bernini (1598-1680)
Cornelis de Vos (1584-1651)
John William Waterhouse (1849-1917)
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